PARA PODER VER LAS COSAS DE MANERA DIFERENTE HAY QUE EMPEZAR POR HACER COSAS DISTINTAS..

Ad concept by Diego Seara

Ya no soy un niño. Soy un hombre.

Llevo un par de días en el trabajo dándole vueltas a una idea. Una de esas que a los de nuestra especie nos apasionan. De esas que nos hacen bailar las tripas. De las que paran relojes y alivian jornadas laborales otrora eternas. Una idea que sabemos que, si logra pasar el filtro de jefes y mentes conservadoras, puede ser grande. Y mucho.

Restilying de marca. Vuelta de concepto. Nuevo producto. Nuevo target. Es mi momento. Demostrar que el talento que hubo en mi sigue vigente a pesar de que el mundo se empeñe en no dar muchas oportunidades para que asome.

Ideas, conceptos, bocetos, photoshop… why not? Y llega el momento de la gloria. La presentación.

Despliego los bocetos en el suelo. No uno ni dos, muchos. Conceptos primos-hermanos que no se alejan de la idea principal. Una imagen con la que me siento cómodo. Tipos grandes, contundentes, masculinas tal y como reclama el producto y la marca. Mi experiencia me avala. Mis ideas también. El suelo aglutina las miradas y comienzo mi discurso cual vendedor de coches. Las miradas se cruzan con las mía. No titubeo, sino que alzo la voz; me lo creo, debo de creérmelo si no…

Llega el momento de las opiniones subjetivas. La idea gusta. El concepto es poderoso. Demasiado… ¿Demasiado?—Oh no! Tiemblan los cimientos… El valor de la idea desaparece bajo la cortina de humo surgida de la última bocanada de un cigarro mal liado de un representante de producto (por supuesto, aquí se fuma, ¿lo dudabais?) —“¿Puedo decir lo que pienso?… Todo lo que hay aquí no me gusta una mierda… “— Por supuesto que la frase no terminó ahí, ni tampoco su alegato contra cualquier idea que pudiera nacer de allí; pero sí quedó la palabra “mierda” suspendida en el aire y cagándose literalmente en todo el trabajo desarrollado.  No era un “mierda” plantado por un jefe, o una persona respetada por su coherencia; pero daba lo mismo, era el apellido de la idea que empezaba a ser de todos y que de nuevo era tan sólo mía. Sí, mi idea de “mierda”.

La reunión continuó por otros derroteros y la palabra “mierda” enterró para siempre la idea y la envió al cementerio de “yo creo que aquella idea era genial”.

Acabó la reunión, y lejos de mosquearme y ver a mi ego morir desangrado, recogí los bocetos, las ideas derivadas de aquello y subí a mi mesa a anotar las cuatro ideas nuevas sobre las que trabajar.  No eran ideas geniales, ni tan siquiera ideas correctas, eran ideas apoyadas en clichés y arquetipos. Bueno, qué más da. Lo había intentado.

La jornada había terminado y según recogía las cosas me sentí extraño. Era raro que no estuviera mosqueado. Habían enterrado una idea genial bajo la palabra “mierda”. Y no me importaba mucho. Ya no. Yo sé que la idea funcionaba. Y ellos, en cierto modo, también. No estaba mosqueado, y sé por qué, y entonces descubrí de donde nació la idea.

Ya no soy un niño. Soy un hombre.

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